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  • Foto del escritorMaria Paulina Bayona

Resiliencia

No se si a ti, pero a mí la Resiliencia ha sido una de esas palabras que cuando la escuchaba, inmediatamente me generaba algo incómodo que no podía definir que era exactamente. Como se dice en la jerga popular, “un no se qué, yo si se dónde”. Especialmente con la pandemia mi malestar se incrementó. Veía como era usada por muchos, en contextos distintos. Siempre me quedaba la duda de si era usada apropiadamente. Llegó un momento en que la invitación a ser resiliente, decidí ignorarla y volverla paisaje para no incomodarme.


Soy de las personas que le hago caso a esas sensaciones. Entonces resolví investigar sobre el tema. No los voy a aburrir con las distintas definiciones que encontré, ni mucho menos con los orígenes de la palabra en el mundo de la Ingeniería. Más bien les quiero contar como solucioné mi incomodidad y como vivo hoy en día, el ser resiliente.

Me encontré con una española, Irene Villa, Psicóloga y Deportista sin piernas. Las perdió a los 12 años en un atentado terrorista atribuido al grupo ETA. En uno de sus videos contando su historia, un médico español de 83 años que la estaba escuchando le pregunto: Irene, ¿quiero saber de dónde has sacado la fuerza interior para seguir adelante? Irene le respondió que la clave se la dio su madre, quien en el mismo atentado perdió un brazo y una pierna. Ella le dijo: “Esto es lo que tenemos”. Y hay dos caminos: o vivir amargadas y maldiciendo a los terroristas o entender que este es el inicio de tu nueva vida. Sin saberlo, la madre de Irene había resuelto en mí, las molestias con respecto a que era ser resiliente. Ese día, lo entendí. Lo que me molestaba era la invitación en si misma, el tono “consejero” con el cual te decían, “hay que ser resilientes” y lo desempoderada que la invitación sonaba viniendo de otros.


Entendí que la Resiliencia es un modo de vida, que tu asumes o no, que se vive con firmeza, con valentía, con voluntad. También entendí que está lejos de ser una invitación. Si alguien quiere que veas esa posibilidad, su mejor manera es recordarte que cada persona es autónoma para tomar decisiones; y que cada decisión que uno toma tiene consecuencias. Entendí que el poder es interior, que la actitud positiva es una alternativa que siempre tienes al frente y que si eres resiliente eres por ti, no porque otros te inviten a que lo seas.


Hoy, cuando decido no aceptar “que eso es lo que hay”, lo hago. Porque ser resiliente no es ser resignado y mucho menos vivir en un estado de falso optimismo. Pero vivo empoderada y entiendo mi resiliencia como esa opción para transformar mi realidad, cada vez que la vida pone en mi camino situaciones sobre las que debo decidir que hacer.


Entendí también que la Resiliencia y la Resignación se confunden y que su línea divisoria es apenas imperceptible. Y viendo esa distinción, me hice el compromiso de no resignarme a nada, pues la vida es para vivirla con sus altibajos y no para detenerse y entregarse a la resignación como la mejor excusa para no avanzar. Por último, aprendí que la resiliencia no te quita el miedo, sino que te obliga a tomar una postura frente a él y a definirte si avanzas con el miedo a tu lado.


Le doy gracias a Irene, a su mamá y a las circunstancias de la vida que me han mostrado una nueva manera de vivir.





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